Habíamos salido de Montevideo, con los primeros rayos de sol que auguraban un hermoso primer día de aquel 2008. A poco de salir, aquellos que serían mis compañeros de peregrinación, ya estaban dormidos. A mi lado, jugando a ser la copilota, estaba, mate en mano, sonrisa pegada a la cara y ojos de fascinación, Leticia. El barco que nos cruzaría a Buenos Aires, estaba a pocos kilómetros y por primera vez desde el año 1998, volvía a poner pié en la ciudad de Colonia. El cruce en barco se nos transformó en un juego de niños, fotos en todas las posiciones, fotos del agua, de la costa y de la camioneta que descansaba quietita en la cubierta como si supiera que le esperaba la maldición de tener que correr por caminos muy poco transitados y ni más ni menos que por casi ocho mil kilómetros. Los impresionantes edificios que agobian y le roban los tibios rayos de sol al día, nos hacían saber que estábamos llegando a Buenos Aires. Nuestra estadía en esta monstruosa y atiborrada ciudad, sería por demás breve. A unos cien kilómetros de ella nos esperaba nuestro buen amigo Oscar, que había partido desde Gualeguaychú un par de horas antes para comenzar desde San Andrés de Giles este camino, que prometía no dejar de maravillarnos desde la primera vez que extendimos el mapa de Argentina en nuestro escritorio. Aquel escritorio, que durante más de tres meses había apoyado aquellos mapas que darían vida a esta historia fue mudo testigo de largos debates y grandes coloquios…las huellas del café dan fe…
Todo aquello que tuviera forma y se viera como un mapa sirvió para que este delirio fuera tomando cuerpo y forma... Bariloche sería nuestro destino final, habíamos estado el año anterior con Leti, en nuestra Luna de Miel y las ganas de volver se hacían permanentes.
Cuando todo estuvo organizado, discutido y aceptado, ya nada mas faltaba, solo echarse a andar. El equipaje, monstruoso, fue devorado por la caja de la camioneta casi hasta desbordarse. Rápidamente el mate se adueñó de la camioneta y cual pócima mágica nos fue invitando a soñar sobre nuestros pasos…la ansiedad generada en cada kilómetro se colaba entre cada mate.
La ciudad de Mendoza nos recibió con Leticia al volante. Sus acequias y sus parques me trajeron remotas memorias. Tras una breve recorrida para que quienes no la conocían confirmaran su inmenso parecido con Montevideo, decidimos continuar rumbo a nuestro primer objetivo: los Caracoles de Villavicencio.
Una obligada parada en las instalaciones de Villavicencio, nos llevo a recorrer la Capilla y aprovechamos a reponer víveres. Metros más adelante, ya en camino de los Caracoles, comenzaron los primeros gritos de asombro!. Este camino que entre cerros de la pre-cordillera, va trepando lentamente y con impresionantes faldeos que en más de una oportunidad nos arrancaron algún que otro suspiro, es de los más bonitos que se pueden transitar con un vehículo convencional. Tras recorrer unos veinte kilómetros, aparece un cartel indicando que estamos a cinco kilómetros del Balcón, un lugar no apto para cardíacos y mucho menos para personas con vértigo…una quebrada se abre bajo nuestros pies, posados en un balcón construido hace muchos años y que no ha sabido soportar adecuadamente el paso del tiempo. Otro cartel nos lo indica…capacidad máxima: dos personas!....aquella quebrada de unos cien metros de profundidad, nos quitaba el aire y hacía sudar nuestras manos. Las fotos de rigor inmortalizaron nuestro paso por ahí.
Recordaba perfectamente cuál era la última subida que tiene el camino antes de llegar a Paramillos, eso me permitió regalarles a mis compañeros peregrinos, una de las mejores sorpresas del viaje. Al llegar casi al filo de esta subida, detuve la camioneta y les dije: “ahí adelante, en cuanto trepemos esta subida, van a ver la Cordillera de los Andes por primera vez…todos los cerros que han visto hasta ahora, son los de la Pre-Cordillera”…la ansiedad y los gritos se hacían insoportables, así que lentamente, dejé avanzar la camioneta, casi a paso de hombre. Al llegar a la Cruz de Paramillos, los aplausos y las sonrisas festejaron el fantástico espectáculo que nos regalaba el atardecer en la Cordillera. Para mis compañeros, que a excepción de Oscar, nunca habían visto montañas de la magnitud de estas, ese primer encuentro quedará grabado en sus retinas por el resto de la vida.
Esta vez, solo estaríamos en Uspallata unos pocos minutos. Nuestra firme intención de llegar antes del anochecer a Puente del Inca, no nos permitió disfrutar de este hermoso y pintoresco pueblo. La decepción nos invadió cuando al llegar a Puente del Inca, un cartel indica que ante el riesgo de derrumbe del Puente natural, se decidió cerrar el paso. Medida por demás acertada, aunque se pierde uno de los lugares más espectaculares de la zona. Aquel Puente natural, que oficia de cruce natural del Rio Las Cuevas, fue creado por la erosión del rio sobre la morrena de algún antiguo glaciar. Las que otrora fueron las termas del Hotel Puente del Inca, hoy están cerradas al público. Aquel Hotel, que fue instalado sin preguntarle a la montaña, fue punto de encuentro de las grandes personalidades de finales de 1925, que hicieron uso y abuso de las propiedades termales de cada pileta instalada en las habitaciones. Corría el año 1965 y una sucesión de aludes terminó por sepultar y destruir para siempre las instalaciones, dejando en pie, solamente la capilla. Hoy, las aguas sulfurosas del rio, guardan aun vestigios de aquellos edificios devorado por la montaña.
Antes de recorrer los pocos kilómetros que nos separaban de Penitentes donde pasaríamos la noche, decidimos hacer un breve alto en el cementerio de los andinistas, un lugar sobrecogedor, que a quienes vivimos y sentimos la montaña de manera especial, nos obliga a la profunda meditación.
En “Lo del Chino”, así denominaríamos a la Hostería Ayelen (Alegría en Mapudungun), fuimos recibidos con una contagiosa alegría, a pesar del cansancio que traíamos. El personal, nos preparó una de las habitaciones para que pudiéramos dormir todos juntos y así minimizar el gasto de estadía. Un delicioso plato de espaguetis con tuco fue la recompensa final por los kilómetros recorridos.
Al amanecer, nos encontramos todos en el restaurante, donde un apetitoso desayuno fue acompañado por un delicioso mate amargo de la mano de Sebastián. Todos abajo!!!… la camioneta no prendía…habrá sido el frio de la noche?...Tras varios intentos de arranque, un grupo de montañistas españoles se acercaron tímidamente a preguntar si precisábamos ayuda…a cambio de que les permitiéramos probar el mate amargo… Uno de ellos, mecánico, probó todo lo posible, pero los calentadores de la camioneta no querían seguir trabajando, debía, inevitablemente, cambiarlos…Finalmente, la remolcamos con la camioneta de Oscar. Las risas estallaron al ver la cara del español mecánico y montañista, al probar el mate…sus compañeros lo arengaron para que lo terminara y al ofrecerle una prueba al resto de sus amigos, ninguno se atrevió a tan osada aventura…
Con todo pronto, decidimos comenzar nuestro diario periplo, esta vez, con una parada previa en la entrada al Parque Nacional Aconcagua. La explanada de estacionamiento vehicular me permitió un nuevo acercamiento al Centinela de América y para aquellos que no lo conocían, la fascinante explosión de algarabía desatada al ver la pared Sur completamente despejada fue el punto final de esta brevísima visita al Aconcagua.
Por la Ruta Nacional 7, nos esperaba kilómetros más adelante, la entrada al Cristo Redentor. Se sube en vehículo convencional hasta el monumento que en 1904, mudo testigo de un pacto de paz y amistad entre argentinos y chilenos, donde ambos países se juraron que “Se desplomarán primero estas montañas…” antes de romper la paz. A 3.854 msnm, me parece ver aún a las mas de tres mil personas que llegaron hasta aquí aquella mañana del 13 de Marzo de 1904. Resuenan aún las salvas disparadas por los cañones de ambos países, y el viento parece traer los coros de aquellos soldados que inversamente cantaron los himnos nacionales.
La tentación de caminar y recorrer pudo más que nuestro cansancio y casi sin darnos cuenta, ya estábamos en una de las cumbres que rodean la zona. Desde allí arriba veíamos una gran masa de hielo donde minutos después estaríamos jugando como niños tirados sobre la nieve y mojando nuestros pies en las heladas aguas.
El camping municipal de Tupungato fue nuestra guarida aquella noche. Tras un breve recorrido por este pueblo situado a los pies del volcán homónimo y la casi desesperada búsqueda de una carnicería regresamos al campamento. Un asado a las brasas coronó un nuevo día que culminaba entre comentarios inagotables de los recuerdos, un vinito acompañó aquella tertulia. Apenas nacido el nuevo día, ya habíamos desarmado nuestras carpas y estábamos dispuestos a partir con rumbo fijo. Antes de retomar la Ruta 40, decidimos comprar una olla para nuestras futuras comidas. Más de una hora buscando algún lugar que vendiera ollas grandes, al llegar a un supermercado, atendido por su dueña, la sorpresa fue mayúscula al ver en una estantería la que creíamos sería la olla perfecta…. Aquella señora, no nos quiso vender la última olla que tenía porque si lo hacía se quedaba sin ninguna más para vender….tras debatir con ella por casi media hora y viendo que las posibilidades de que nos la vendiera se esfumaban en cada palabra, decidimos seguir camino sin la tan mentada olla….ya veríamos como solucionaríamos este temita…
En Pareditas, la Ruta 40 se transforma en la gran pesadilla de los amortiguadores de cualquier vehículo y los nuestros no fueron la excepción. Nuestro próximo destino, sería el Dique Agua del Toro, un inmenso dique construido a los pies del Volcán Diamante. El camino, lleno de escollos, dificultó más de lo debido unos kilómetros que pronto se convirtieron en horas. Las fotos no paraban de acumularse en nuestras memorias. El azul casi inimaginable del gran lago, fue un gran regalo para nuestras retinas.
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| Llegando al Diamante |
El Sosneado, fue otro de los pueblos que nos quedó en la retina y en la memoria grabado a fuego. Al llegar a la entrada del pueblo, pusimos proa a la Seccional Policial, mayor fue nuestra sorpresa cuando tras haber golpeado nuestras palmas y una de las puertas, no salió nadie. Pensamos que tal vez no nos escuchaban, así que decidí bordear la casa y ver si encontraba gente…puerta trasera abierta…entramos saludando en voz alta y golpeando las manos…no había nadie…los escritorios llenos de cosas…pero nadie…decidimos salir y volver a los vehículos y seguir viaje.
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| Leti llena de alegria ante lo majestuoso del paisaje |
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| En el Dique Agua del Toro |
En la estación de combustible, que es además hotel y agencia de turismo, nos recibió con gran alegría, su propietario. Nos recomendó que compráramos una olla en el almacén de enfrente…Enfrente?... tras escudriñar entre varias casas, dimos finalmente con el almacén…la casa de un viejo de esos con los que pasaría horas escuchando sus relatos…unos ojos cansados, azulados, acompañaban aquella voz temblorosa que nos decía que tenía una olla perfecta para nosotros y en cuanto nos pregunto de donde éramos y a dónde íbamos, disparó un arsenal de recuerdos. El había sido empleado en la Mina de Sominar, por eso tenía los pulmones deshechos y la visión casi nula. Boniatos, papas, fideos, unas salsas de tomate y la olla, fueron nuestras compras. Un cariñoso apretón de manos cerró el recuerdo de este viejo que no olvido. Al regresar a la estación, ya estaba lleno el tanque de las camionetas y nuestras vituallas dispuestas en orden para los kilómetros que tendríamos que recorrer. Luego de los saludos de despedida, el propietario de la estación me llamó aparte y me sugirió que no durmiéramos en el Hotel abandonado, que siguiéramos rumbo a la Mina de Azufre, justo lo que nos había dicho el viejo!... Me dijo con quien hablar y qué decir.
Aquellas construcciones databan del año 1938, ruinas de un pasado venturoso, lleno de esperanzas, alegría y coraje. Fueron hechas contra toda voluntad de la misma naturaleza lo que le aseguraba un futuro no muy prominente. Dos plantas construidas en piedra, una inmensa estufa a leña, muchas habitaciones y a un costado, el leitmotiv de aquella locura constructiva, unas piscinas de aguas termales procedentes de las entrañas del Volcán El Sosneado, cuyas propiedades curativas, habían llevado al filántropo Don Alfredo Capdeville a montar junto a la Compañía de Hoteles Sud Americana este colosal hotel. Un alud invernal echó por tierra las esperanzas de aquellos que habían dedicado su vida a aquel casi capricho turístico, pero sembró la semilla que se convirtió en mito. No era para menos…un hotel de aquellas proporciones a sesenta kilómetros del poblado más cercano, por un camino de montaña, con las dificultades lógicas que conlleva el transitar por ahí, hacían de este hotel una especie de viaje peregrinación no apta para cualquier mortal…y así, sin mayores cambios que los vehículos que
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| La 40 rumbo a El Sosneado |
usamos para llegar hasta sus ruinas, están estos siete peregrinos, simples mortales con aires de victoriosos, disfrutando entre gritos propios y ajenos la dicha de haber completado sin mayores percances esta ruta.
A pocos kilómetros, muy pocos en relación a la inmensidad que los rodea, estos peregrinos motorizados, encaramados en la caja de una sufrida Mitsubishi L200, se cuentan que está el lugar donde cayó el avión de los uruguayos, que si tan solo hubieran buscado la bajada de la montaña y no la subida, la historia escrita hubiese sido muy diferente. Y allí estaba yo, explicándoles a estos, mis quijotes y mis
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| Entrada a El Sosneado |
sanchos, las líneas de descenso que pudieron haber usado aquellos infortunados compatriotas.
Leticia, Sebastián, Sheila, Virginia, Daniel, Viviana, Oscar y yo, no parábamos de fotografiarnos en aquella inmensidad, estábamos a mitad del recorrido que nos habíamos propuesto y ese día cumplíamos el cuarto día de viaje y la Cordillera de los Andes nos regalaba un atardecer como sacado de un cuento de ciencia ficción.
Cuando llegamos a las ruinas del Hotel Termas del Sosneado, habíamos visto mucha gente acampando y colaborando para que el lugar siga avanzando en su estado…para no pelearnos con nadie,
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| Rumbo al Hotel Termas del Sosneado |
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| Volcan El Sosneado |
decidimos seguir unos kilómetros más adelante, haciendo caso a las recomendaciones del propietario de la estación. Decidimos seguir avanzando, nos encontramos con un puente en ruinas que puso a prueba nuestros nervios, pasamos caminando primero para ver si encontrábamos algo que nos dijera que no pasáramos con las camionetas, pero ya estaba cayendo la nochecita y no quisimos perder más tiempo en pensamientos tontos que solo nos limitarían en la aventura de descubrir….Pasamos por el puente y unos kilómetros más adelante nos encontramos con unos puesteros a los que informamos de la autorización que teníamos para pasar. Nos explicaron cómo y por donde seguir…nos avanzaba una ansiedad tremenda!!!...¿que nos esperaba más adelante? ¿Valdrían la pena los kilómetros recorridos?...y de pronto…allí aparecieron las primeras construcciones de lo que había sido aquella Mina y que parecían estar ahí, esperando por nosotros. Tras unos recorridos en las camionetas por las diferentes construcciones, decidimos utilizar una cercana a un arroyo para armar ahí nuestra cocina. Las carpas armadas al costado de aquel sonoro arroyo de deshielo, las camionetas en posición de descanso, bien merecido por cierto, una Luna que aparecía de a ratos entre algunas nubes necias que
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| El Rio Atuel nos acompaña |
rozaban las cumbres del Volcán Overo, y un delicioso guisito que Leti con un palo, cual bruja inventando una pócima mágica en el caldero, estaba preparando. El calor necesario del fuego que debía ser acompañado por unas cervezas cerró ese largo día de travesía. Los recuerdos del camino recorrido se escapaban y se liberaban en la Cordillera de los Andes, para ser digeridos por ella en esa necesidad que tienen las montañas de alimentarse de los recuerdos y las experiencias vividas.
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| Ansiando llegar... |
Como de costumbre, desperté antes que nadie y no aguanté mi tentación de recorrer algunas de las construcciones, me parecía mentira que aquel viejo; que nos había vendido la olla en la que se gestó aquel guiso; hubiera trabajado más de cuarenta años allí. Caminé por antiguos caminos que subían hacia el Volcán, recorrí aquellas instalaciones derruidas no sin parar de preguntarme como habían sobrevivido aquellos súper hombres que le desgranaban a la montaña su piel en busca de aquella riqueza ajena. Cuando aquellos pensamientos me abrumaron, decidí volver al campamento y despertar a todos, para ellos aquella había sido su primera noche en la alta montaña, estábamos a tres mil metros de altura, y la experiencia de despertar entre montañas es algo que yo
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| Tramo complicado antes de llegar al Hotel |
recomiendo a todo el mundo antes de morir. Los ojos maravillados de Sheila, la sonrisa de oreja a oreja de Leti, la cara de sorpresa de Sebastián, las manos temblorosas de ansiedad de Virginia y la cara de fascinación de Daniel fueron un muy buen comienzo del día. Oscar no se aguantó las ganas y cuando me di cuenta, allá estaban subiendo a una ladera y todos ellos atrás para ayudarlo a despegar. Minutos después Oscar registraba lo que creemos fue el primer vuelo de parapente en una de las laderas del Volcán Overo.
Preparamos todo, dejamos todo tal cual estaba, recogimos la basura y pusimos motores en marcha…bah!, lo intentamos,
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| Hotel Termas del Sosneado |
pues en la noche, la fuerte electroestática reinante nos había agotado las baterías, así que…a empujar!!!!.












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